Parejas

Infidelidad: la grieta invisible en las relaciones de pareja

La infidelidad suele narrarse como un juicio a puerta cerrada: de un lado, el culpable; del otro, la víctima. Un tribunal emocional en el que todo parece reducirse a una pregunta sencilla y despiadada: «¿Quién se equivocó?»

Sin embargo, la perspectiva sistémica propone una lectura más compleja —y quizá también más humana—. No para justificar la infidelidad, sino para comprenderla dentro del entramado relacional que la precedió.

Según el trabajo de Carmen Campo en el libro Terapia de pareja e infidelidad. Un modelo de diagnóstico relacional e intervención terapéutica desde la perspectiva sistémica, escrito junto con Marta Ramo, la infidelidad puede entenderse no solo como la acción de un individuo, sino también como el síntoma de una crisis del sistema de pareja en su conjunto.

Desde esta mirada, la relación funciona como un organismo vivo: cuando una de sus partes sufre, todo el sistema se ve afectado. La infidelidad no surge en el vacío, sino en medio de silencios acumulados, necesidades nunca expresadas, distancias emocionales, roles rígidos, conflictos evitados o deseos que nunca encontraron un lenguaje para ser compartidos.

La infidelidad puede definirse como la ruptura unilateral de un pacto de exclusividad que introduce a un tercero en la relación, dando prioridad a necesidades emocionales, afectivas o sexuales que anteriormente pertenecían al espacio compartido de la pareja. Para que pueda hablarse de infidelidad debe existir un acuerdo —explícito o implícito— de exclusividad. Por ello, se vive como una conducta transgresora: no solo por el acto en sí, sino porque implica el secreto y la ruptura de un compromiso compartido.

En Italia, además, el adulterio dejó de considerarse un delito en diciembre de 1968, cuando la Sentencia n.º 126 del Tribunal Constitucional declaró inconstitucionales las normas del Código Penal que castigaban la infidelidad conyugal, por considerarlas incompatibles con el principio de igualdad entre los cónyuges. Se trata de un hito histórico importante: la infidelidad abandona el ámbito penal y pasa a entenderse, sobre todo, como un acontecimiento humano, relacional y emocional.

Sin embargo, aunque el derecho haya dejado de sancionarla, la infidelidad continúa interpretándose con frecuencia a través de categorías morales como la culpa y el castigo. Esta lectura no pertenece únicamente al presente de la pareja, sino también a una memoria familiar y generacional que se remonta, al menos, a dos generaciones atrás —padres y abuelos— y que transmite ideas sobre la fidelidad, la vergüenza y el sacrificio difíciles de transformar rápidamente.

Al mismo tiempo, la sociedad contemporánea ha ampliado el abanico de modelos relacionales. Junto a la pareja monógama tradicional han surgido relaciones abiertas y configuraciones poliamorosas, en las que la exclusividad y la fidelidad se redefinen de forma explícita. Esta diversidad hace que la propia definición de infidelidad resulte menos unívoca, especialmente cuando los acuerdos entre los miembros de la pareja son implícitos o no se han compartido con claridad.

El resultado es una tensión constante entre categorías culturales «tradicionales» y nuevas formas de relación, lo que convierte la experiencia de la infidelidad en un fenómeno más ambiguo y difícil de interpretar. En este contexto, existe el riesgo de reducir la crisis a un juicio moral, perdiendo de vista la complejidad de las dinámicas relacionales y culturales que la sostienen. La perspectiva sistémica, por el contrario, no elimina la responsabilidad individual, sino que trata de comprender el fenómeno dentro del entramado de la historia personal, familiar y social.

Sobre este peso cultural también se apoyan emociones profundas como la vergüenza y la culpa, que suelen experimentarse de forma diferente según el género y los modelos educativos interiorizados. Históricamente, la infidelidad femenina se ha asociado con mayor facilidad a la vergüenza social y a la pérdida del valor moral, mientras que la masculina ha sido, en ocasiones, normalizada o incluso banalizada como una expresión «natural» del deseo.

Estos dobles estándares culturales siguen influyendo en la vivencia emocional de las personas. Quien es infiel puede oscilar entre el sentimiento de culpa, el miedo a la pérdida, la necesidad de justificarse o una actitud defensiva de carácter narcisista. Quien sufre la infidelidad puede experimentar humillación, sentimientos de insuficiencia, una herida en la propia identidad y vergüenza relacional, especialmente cuando la traición se percibe también como una exposición pública del fracaso de la pareja.

La vergüenza, a diferencia de la culpa, no se refiere únicamente a lo que uno ha hecho, sino a lo que teme ser ante los ojos del otro. Y es precisamente esta dimensión identitaria la que convierte la infidelidad en una de las experiencias emocionalmente más desestabilizadoras dentro de las relaciones íntimas.

La infidelidad como grieta en el sistema

Una pareja casi nunca se rompe de un día para otro.

Con mayor frecuencia se parece a una casa antigua: las grietas comienzan siendo invisibles, ocultas bajo el yeso. Durante años se siguen habitando sus habitaciones fingiendo estabilidad, hasta que un día el muro termina cediendo.

En esta metáfora, la infidelidad no es el terremoto: es el ruido del derrumbe.

La perspectiva sistémica invita a observar no solo «quién fue infiel», sino también qué dinámicas relacionales se habían consolidado con el paso del tiempo. Esto no significa repartir culpas de manera matemática. La responsabilidad del acto sigue siendo individual. Pero el sufrimiento de la pareja suele pertenecer a ambos.

Hay relaciones que se convierten en desiertos emocionales: se sobrevive, se organiza la vida, se atiende a los hijos, se pagan las facturas y se cumplen las obligaciones. Sin embargo, el vínculo deja poco a poco de ser un lugar de reconocimiento mutuo. A veces las relaciones no terminan por falta de amor, sino porque las personas dejan, lentamente, de habitar el mundo emocional del otro.

Continúo con la segunda parte de la traducción.

Como señala una reflexión contemporánea sobre las relaciones:

«Si esperas una película romántica, pero tu relación se parece más a una hoja de cálculo compartida, la frustración es inevitable.»

Es una metáfora poderosa: la pareja puede transformarse en una estructura eficiente, pero sin alma. Cuando el deseo desaparece del diálogo, corre el riesgo de reaparecer en otro lugar. La infidelidad puede entonces funcionar como un cortocircuito relacional: hace visibles, de manera repentina, tensiones que llevaban mucho tiempo atravesando la relación sin encontrar palabras.

Los estilos de apego también pueden influir en la forma en que se manifiesta la infidelidad. En las personas con un apego ansioso, suele estar más vinculada a la necesidad de intimidad emocional, de validación afectiva, de sentirse valoradas o a la dificultad para afrontar sentimientos de baja autoestima. En cambio, en las personas con un apego evitativo, la infidelidad puede representar una forma de restablecer la distancia emocional y la autonomía personal, especialmente cuando la cercanía se vive como invasiva o amenazante para la propia identidad.

La historia familiar y el contexto educativo también pueden influir en la manera en que una persona construye el significado de la fidelidad y del vínculo de pareja. Algunos estudios muestran que determinados factores de riesgo pueden aumentar la vulnerabilidad frente a la infidelidad: experiencias familiares caracterizadas por límites poco claros, modelos relacionales inestables, la normalización de la infidelidad o actitudes muy permisivas respecto a los acuerdos afectivos.

En algunas familias de origen, la pareja se concibe como una estructura muy flexible, donde la exclusividad emocional o sexual no se percibe como un valor central. Estos modelos no determinan automáticamente conductas infieles, pero pueden influir en la manera en que la persona entiende el compromiso, el secreto, la autonomía y la responsabilidad dentro de la relación.

La perspectiva sistémica, sin embargo, invita a evitar explicaciones lineales o deterministas: ninguna historia familiar condena a una persona a ser infiel. Más bien, las experiencias tempranas contribuyen a construir mapas afectivos que, en las relaciones adultas, pueden reactivarse especialmente en momentos de crisis, de distancia emocional o de vulnerabilidad identitaria.

Las diferentes formas de infidelidad

No todas las infidelidades tienen el mismo significado psicológico o relacional.

La infidelidad accidental

Existen infidelidades ocasionales, no premeditadas, vividas como un «desliz» único y puntual. Suelen ocurrir en contextos específicos —viajes, fiestas o situaciones percibidas como una excepción a la vida cotidiana— y no necesariamente nacen de una crisis de la relación.

Quien vive este tipo de experiencia suele experimentar sentimientos de culpa, angustia e incluso cierta perplejidad consigo mismo: «¿Por qué lo hice?». Generalmente, no existe un deseo real de cambiar de pareja ni de construir una relación alternativa.

Con frecuencia se minimizan las consecuencias y el secreto se interpreta como una forma de proteger la relación. Sin embargo, mantener el secreto puede convertirse, en sí mismo, en un elemento problemático: implica sostener una doble realidad relacional, en la que uno de los miembros vive dentro de una historia que ya no coincide plenamente con la experiencia del otro.

La infidelidad estructural o recurrente

También existen infidelidades que forman parte de una manera estable y repetida de relacionarse. En estos casos, la fidelidad no se asume realmente como un valor compartido, aunque esta postura nunca se exprese de forma explícita dentro de la pareja.

A veces aparecen pseudoacuerdos implícitos: uno de los miembros, en su fuero interno, no se identifica con un modelo de exclusividad, pero esa posición nunca se comunica. También pueden influir factores culturales, sociales y de género que normalizan la existencia de relaciones paralelas o minimizan su significado moral.

En estas dinámicas, la infidelidad suele generar menos sentimiento de culpa subjetiva y está más vinculada a la búsqueda de gratificación, experimentación o gestión de la distancia emocional que a la construcción de una intimidad afectiva estable.

La infidelidad compensatoria

En otras ocasiones, la infidelidad surge en el contexto de una crisis evolutiva de la pareja. La relación deja de satisfacer algunas necesidades fundamentales: reconocimiento, deseo, escucha, vitalidad o autonomía personal.

En estos casos, la infidelidad puede funcionar como una compensación emocional o como una búsqueda de equilibrio interno. No siempre quien es infiel desea abandonar a su pareja; a veces busca una forma de sostener una distancia emocional que percibe como necesaria para preservar su propia identidad.

Dentro de estas dinámicas también pueden influir desajustes relacionados con las distintas etapas del ciclo vital de la pareja: la insatisfacción de las necesidades afectivas, cuando uno o ambos miembros dejan de sentirse reconocidos o emocionalmente nutridos; la insatisfacción sexual, vinculada no solo a la dimensión física, sino también a la pérdida del espacio compartido de deseo e intimidad; y el desajuste evolutivo, cuando ambos atraviesan momentos vitales diferentes, con necesidades y prioridades que ya no coinciden. Estos desequilibrios pueden aumentar la distancia emocional y la vulnerabilidad de la relación.

Desde esta perspectiva, la infidelidad también puede asumir una función reguladora dentro del sistema de pareja: por un lado, favorece el proceso de individuación, es decir, la posibilidad de diferenciarse psicológicamente del otro y afirmar la propia identidad; por otro, paradójicamente, puede contribuir a mantener una sensación de continuidad del vínculo.

Se genera así una tensión entre dos polos: el de la fusión y el de la diferenciación. Por un lado, la necesidad de sentirse uno con el otro; por el otro, la necesidad de seguir siendo uno mismo. La infidelidad puede aparecer como un intento disfuncional de regular ese frágil equilibrio entre la falta de diferenciación y la autonomía.

La infidelidad ligada al enamoramiento

Existen finalmente infidelidades en las que aparece un fuerte componente de implicación sentimental. En estos casos, el elemento central es la experiencia de un enamoramiento intenso que se desarrolla junto al vínculo principal o entra en conflicto con él.

Desde el punto de vista terapéutico, estas situaciones son especialmente complejas porque activan simultáneamente dos direcciones afectivas. La persona puede desear conservar la relación original y, al mismo tiempo, no conseguir poner fin al nuevo vínculo.

No se trata únicamente de una decisión racional, sino de un proceso emocional que necesita tiempo para ser comprendido e integrado, sin soluciones apresuradas ni respuestas forzadas.

El dolor de la traición: una herida identitaria

Quien es traicionado no vive solamente rabia. Vive, con frecuencia, una ruptura de su sentido de la realidad.

«¿Aquello que yo creía verdadero realmente lo era?»

La infidelidad desestabiliza porque rompe la confianza narrativa de la pareja: el pasado comienza a reinterpretarse, los recuerdos se llenan de dudas e incluso los momentos felices pueden parecer contaminados.

Es como descubrir que la brújula con la que uno se orientaba estaba equivocada.

Por eso el perdón no puede imponerse como un acto moral inmediato. No es simplemente un gesto de bondad. Es un proceso largo y discontinuo, compuesto por preguntas, retrocesos, rabia y reconstrucción.

La terapia sistémica no busca caminos fáciles ni respuestas tranquilizadoras. Busca comprender si la pareja todavía dispone de un espacio emocional compartido donde el dolor pueda transformarse.

Reparar no significa olvidar

Existe una confusión frecuente: creer que perdonar significa borrar lo ocurrido.

En realidad, el perdón maduro se parece más a una reconstrucción que a una eliminación del pasado. No significa volver a la relación anterior, sino comprender si todavía existen bases suficientes para construir algo nuevo.

La confianza, de hecho, se parece a un tejido: puede romperse en un instante, pero repararlo requiere tiempo, paciencia y la capacidad de aceptar también la existencia de la cicatriz.

Dentro del proceso de reparación, el trabajo terapéutico puede desempeñar una función central: ampliar la narrativa de la infidelidad. No se trata de justificar el acto, sino de comprender su función dentro de la historia de la pareja y de cada individuo.

El objetivo es desplazar la mirada desde el hecho aislado hacia la dinámica que lo hizo posible, preguntándose qué necesidades, tensiones o vacíos relacionales encontraron en la infidelidad una «solución» —aunque frecuentemente disfuncional— pero dotada de un significado.

Desde esta perspectiva, la terapia no se limita a reconstruir aquello que se rompió, sino que intenta ofrecer alternativas más funcionales a lo que puede entenderse como una «mala solución» relacional.

La infidelidad, en ocasiones, representa un intento de regular el sistema de pareja: regular la distancia, la identidad, el deseo o la necesidad de sentirse valorado. Sin embargo, lo hace mediante caminos que terminan generando más sufrimiento.

La ampliación de la narrativa permite entonces transformar la crisis en una oportunidad para una comprensión más profunda: no para absolver a nadie, sino para hacer visibles las necesidades subyacentes y abrir posibilidades diferentes de respuesta, más conscientes y menos destructivas para el vínculo.

De la culpa a la responsabilidad relacional

La perspectiva sistémica desplaza la atención desde la búsqueda del culpable hacia la comprensión de las dinámicas.

No pregunta:

«¿Quién es el malo?»

Pregunta, más bien:

«¿Qué estaba ocurriendo entre vosotros antes de que todo estallara?»

Es un cambio radical de mirada.

Porque toda relación crea con el tiempo una danza invisible formada por expectativas, silencios y respuestas mutuas. Y muchas veces la infidelidad aparece cuando esa danza se ha convertido en una repetición automática, sin verdadero contacto emocional.

En este sentido, el perdón no es un premio para quien se equivocó. Es la posibilidad —cuando existe— de dar un significado a la crisis.

Como ocurre después de un incendio: algunas casas quedan reducidas a cenizas, mientras que otras pueden reconstruirse sobre unos cimientos más profundos.

Y quizá la pregunta final no sea si es posible olvidar una infidelidad, sino si dos personas todavía están dispuestas a mirarse sin máscaras dentro de aquello que esa infidelidad ha revelado.

Texto principal

Campo, C., & Ramo, M. (2022). Terapia de pareja e infidelidad. Un modelo de diagnóstico relacional e intervención terapéutica desde la perspectiva sistémica. Madrid: Ediciones Morata.

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