Introducción: cuando el síntoma se convierte en el enemigo
“Solo quisiera dejar de estar ansioso.”
Es una de las demandas más frecuentes que llegan a psicoterapia.
La ansiedad suele vivirse como un enemigo interno, algo que limita la libertad, que impide elegir, exponerse o vivir plenamente. La persona siente que está bloqueada: quisiera cambiar de trabajo, iniciar una relación, tomar una decisión importante, pero algo dentro de sí parece frenarla.
La pregunta espontánea se convierte en:
“¿Por qué no consigo hacer lo que quiero?”
La perspectiva psicoterapéutica invita, sin embargo, a añadir una pregunta diferente:
“¿Qué está intentando proteger esta ansiedad?”
Porque, incluso cuando genera sufrimiento, un síntoma rara vez aparece sin cumplir una función.
A veces aquello que hoy limita a la persona fue, en el pasado, la mejor manera que encontró para afrontar una situación difícil.
Más allá del diagnóstico: comprender la función de la ansiedad
Un diagnóstico puede ser una herramienta importante.
Puede ayudar a poner un nombre a la experiencia, reconocer una dificultad y orientar un proceso terapéutico.
Sin embargo, un diagnóstico describe algunos aspectos del sufrimiento, pero no cuenta toda la historia de la persona.
Dos personas con el mismo diagnóstico de ansiedad pueden tener historias completamente diferentes.
Una persona puede haber aprendido que su valor depende de hacerlo todo bien, de no equivocarse nunca y de responder siempre a las expectativas de los demás.
Otra puede haber crecido asumiendo responsabilidades muy grandes, aprendiendo que cuidar de los otros está antes que atender sus propias necesidades.
Otra puede experimentar ansiedad después de un cambio importante, cuando los antiguos equilibrios ya no funcionan y todavía deben construirse nuevas formas de estar en el mundo.
El síntoma puede ser parecido.
El significado, sin embargo, siempre es personal.
Por eso la pregunta terapéutica no es únicamente:
“¿Cuál es el problema?”
Sino también:
“¿En qué historia ha tomado forma este problema?”
La ansiedad: entre aquello que la generó y aquello que hoy la mantiene
Cuando una persona llega a terapia suele traer una pregunta muy comprensible:
“¿Por qué me ocurre esto?”
Busca un origen, un momento concreto en el que todo empezó.
A veces ese origen existe: una experiencia dolorosa, una relación significativa, un periodo de mucho estrés o un cambio inesperado.
Pero en psicoterapia no nos detenemos únicamente a buscar el momento en que apareció el síntoma.
Porque saber de dónde viene la ansiedad no siempre es suficiente para comprender por qué continúa presente.
Es posible que una persona haya aprendido, a lo largo de su historia, a estar en el mundo a través del control, la anticipación o la responsabilidad hacia los demás.
Estas formas de funcionar pueden haber nacido como respuestas adaptativas: estrategias que permitieron sentirse seguro, mantener relaciones importantes o afrontar situaciones difíciles.
El problema aparece cuando aquello que en otro momento protegía continúa utilizándose incluso cuando ya no es necesario.
Como un antiguo mapa que en el pasado orientaba bien, pero que hoy conduce hacia lugares que ya no corresponden con el territorio actual.
Una persona puede haber aprendido que preocuparse significa cuidar.
Puede haber asociado relajarse con el riesgo de perder el control.
Puede haber interiorizado la idea de que elegir por sí misma significa decepcionar a alguien.
En estos casos, la ansiedad no aparece simplemente como un miedo irracional.
Se convierte en el resultado de un equilibrio construido a lo largo del tiempo.
La terapia intenta comprender entonces no solo de dónde viene la ansiedad, sino sobre todo:
“¿Qué hace que siga siendo necesaria hoy?”
¿Qué función cumple?
¿Qué evita?
¿Qué protege?
¿Qué podría ocurrir si esa protección ya no fuera indispensable?
Porque muchas veces el síntoma permanece no porque la persona sea incapaz de cambiar, sino porque una parte de ella continúa creyendo que ese cambio tendría un precio demasiado alto.
La paradoja del síntoma desde la perspectiva sistémica
Uno de los aspectos más profundos de la perspectiva sistémico-relacional es precisamente la paradoja.
El síntoma hace sufrir a la persona, pero al mismo tiempo puede cumplir una función dentro del sistema de relaciones en el que vive.
Esto no significa que la persona elija conscientemente estar mal.
Significa que el síntoma puede haberse convertido en una manera de mantener un equilibrio, muchas veces invisible, construido a lo largo del tiempo.
Una persona que siente una ansiedad intensa cada vez que intenta ser autónoma podría ser vista simplemente como “insegura” o “bloqueada”.
Pero una pregunta sistémica podría ser:
“¿Qué cambiaría en las relaciones si esta persona consiguiera realmente ser autónoma?”
Quizás alguien tendría que enfrentarse a un sentimiento de soledad.
Quizás un padre o una madre perdería un papel importante.
Quizás la familia tendría que encontrar una nueva manera de estar juntos.
El síntoma, entonces, no pertenece únicamente al individuo.
Está insertado en una red de significados.
A veces una persona lleva un sufrimiento que también cuenta algo de la historia relacional de la que proviene.
Jung y el conflicto entre aquello que deseamos y aquello que podemos permitirnos
Esta lectura dialoga profundamente con el pensamiento de Carl Gustav Jung.
Para Jung, el síntoma no es simplemente algo que debe eliminarse, sino que puede representar un mensaje de la psique.
Surge a menudo de una tensión entre diferentes partes de la persona.
Entre aquello que deseamos y aquello que sentimos posible.
Entre quienes somos y aquello que hemos aprendido a ser para ser amados, aceptados o para pertenecer.
La ansiedad aparece muchas veces precisamente en este espacio de contradicción:
“Quiero cambiar, pero tengo miedo.”
“Quiero ser libre, pero temo hacer daño a alguien.”
“Quiero elegir por mí mismo, pero siento que traiciono las expectativas de los demás.”
El síntoma se convierte entonces en la expresión de un conflicto.
No dice solamente:
“Hay algo que no funciona.”
También puede decir:
“Hay una parte de ti que necesita ser escuchada.”
La perspectiva sistémica amplía esta mirada: esta contradicción no nace únicamente dentro de la persona, sino que muchas veces se construye en las relaciones significativas.
El “no puedo” puede contener miedos personales, pero también lealtades invisibles, expectativas familiares y antiguas formas de proteger los vínculos.
Cuando la ansiedad protege a otra persona
Uno de los aspectos más delicados del pensamiento sistémico es reconocer que, a veces, un síntoma puede tener una función protectora hacia otra persona.
Una persona puede mantener inconscientemente su sufrimiento para no poner en crisis un equilibrio familiar.
Puede permanecer frágil para que alguien más pueda sentirse necesario.
Puede no elegir porque elegir significaría decepcionar a alguien.
Puede controlarse constantemente porque, en su historia, ser espontáneo, libre o autónomo estaba asociado al riesgo de perder amor o pertenencia.
La paradoja es precisamente esta:
La ansiedad limita la vida de la persona, pero quizás en el pasado representó la mejor manera que encontró para proteger un vínculo importante.
La terapia permite construir una nueva posibilidad:
proteger las relaciones sin tener que seguir sacrificándose a uno mismo.
De la lucha contra el síntoma a la construcción de nuevas posibilidades
La terapia no consiste en convencer a una persona de eliminar la ansiedad como si fuera un error.
Consiste en comprender su lenguaje.
Preguntarse:
¿De dónde viene?
¿Qué la mantiene hoy?
¿Qué necesidad protege?
¿Qué parte de la persona está buscando espacio?
¿Qué nuevo equilibrio puede construirse?
Cuando el síntoma es escuchado, muchas veces pierde la necesidad de hacerse sentir con tanta fuerza.
La persona puede comenzar a diferenciar aquello que pertenece a su historia de aquello que desea elegir en el presente.
Porque sanar no significa convertirse en alguien diferente.
Significa poder ser uno mismo sin tener que utilizar ya el sufrimiento como única forma de estar en relación.
Bibliografía
Bateson, G. (1972). Steps to an Ecology of Mind. University of Chicago Press.
Bowen, M. (1978). Family Therapy in Clinical Practice. Jason Aronson.
Jung, C. G. (1951). Aion: Researches into the Phenomenology of the Self. Princeton University Press.
Jung, C. G. (1964). El hombre y sus símbolos. Longanesi.
Minuchin, S. (1974). Families and Family Therapy. Harvard University Press.
Selvini Palazzoli, M., Boscolo, L., Cecchin, G., Prata, G. (1975). Paradoja y contraparadoja. Feltrinelli.
Guidano, V. F. (1987). Complexity of the Self: A Developmental Approach to Psychopathology and Therapy. Guilford Press.

